Cuando hablamos de siembra, siempre está implícita una cosecha. Por mucho tiempo pensé —y lo defendía— que ayudar a alguien era solo por ayudar, sin esperar nada. Hoy reconozco que siempre esperé algo espiritual.
Mi vida fue fácil porque no me preocupaba lo que dijeran de mí ni si el favor tuviera retoños. Pensaba que era lo correcto.
Con los años, los golpes fueron más duros. La vida me abrió ojos nuevos, que ven a través de las cosas y personas.
Al conocer la naturaleza real del ser humano —no la que nos han hecho creer—, mi corazón se entristeció y dejó de amar. Fue un período duro.
Mi siembra había tenido cosecha en tierra ajena, pero la de otros sí en la mía: una buena cosecha en tierra fértil. Me descuidé y dejé que sembraran basura, que el mundo regó.
Ahora estoy en limpieza y recuperación. Solo fue un descuido, un instante.
Recuerdo la parábola del sembrador: la semilla cayó en diferentes tierras. Jesús se refería al corazón que oye la Palabra.
Para los creyentes: ese corazón fértil reproduce todo lo que cae en él, positivo o negativo. “Mira lo que oyes y lo que dices, porque se te añadirá”.
Somos hijos de un Creador, con poder de crear. Debemos estar apercibidos: la palabra negativa también crece.
Esto es mi reflexión tras circunstancias recientes. Espero alertarlos: no dejen que llenen su corazón de basura ajena. Limpien, preparen y siembren conscientemente lo que quieren. Así el Reino estará para ustedes.
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